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El viñedo que no pide agua reclama su lugar en el futuro de Doñana

El proyecto ZALEMA busca demostrar que el viñedo tradicional de secano puede proteger la biodiversidad, generar nuevas oportunidades económicas y ofrecer una alternativa agrícola compatible con los límites hídricos del territorio.

@seo.donana

Doñana se encuentra en el suroeste de Andalucía, principalmente entre las provincias de Huelva y Sevilla, con un área de influencia que alcanza también Cádiz. Alrededor de la desembocadura del Guadalquivir, sus marismas, dunas, lagunas y bosques forman uno de los espacios naturales más valiosos de Europa y una escala decisiva para las aves migratorias que cada año viajan entre África y el continente europeo.

Reconocida como parque nacional, Reserva de la Biosfera y Patrimonio Mundial, su importancia desborda los límites del espacio protegido. El agua que sostiene su extraordinaria biodiversidad también condiciona la agricultura y la vida de los municipios que la rodean. Esa convivencia, cada vez más difícil, se encuentra en el origen de uno de los grandes conflictos ambientales y agrarios de España.

Doñana lleva años discutiendo sobre el agua. Pozos legales e ilegales, cultivos intensivos, acuíferos sobreexplotados y sucesivos acuerdos políticos han convertido el territorio en un escenario donde cualquier decisión agrícola termina teniendo consecuencias ecológicas, económicas y sociales. Mientras buena parte del debate se concentra en controlar el regadío y reducir la extracción de agua, otro modelo agrícola intenta evitar su desaparición: el viñedo tradicional de secano.

ZALEMA, un proyecto para recuperar el viñedo tradicional

SEO/BirdLife ha puesto en marcha el proyecto ZALEMA, una iniciativa destinada a recuperar el valor ambiental, económico y cultural de unas viñas que durante generaciones formaron parte del paisaje del Condado de Huelva.

El programa se ejecutará hasta agosto de 2028 y cuenta con un presupuesto de 833.833 euros. La Fundación Biodiversidad, dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, aporta 750.000 euros, equivalentes al 90 % de la inversión.

El proyecto trabajará sobre 20 parcelas piloto que suman aproximadamente 30 hectáreas. En ellas se aplicarán planes de manejo adaptados a las características de cada finca, con actuaciones destinadas a mejorar la biodiversidad, favorecer la conectividad ecológica, proteger el suelo e impulsar la lucha biológica contra las plagas.

Doñana

También se realizará un seguimiento de las especies presentes en los viñedos para evaluar cómo responde la biodiversidad a las medidas adoptadas. Los resultados se convertirán en informes y modelos de buenas prácticas que puedan trasladarse posteriormente a otras explotaciones.

Sin embargo, el desafío decisivo estará fuera de esas parcelas. ZALEMA deberá demostrar que cultivar respetando los límites ambientales puede ser económicamente viable para quienes trabajan la tierra.

Un cultivo histórico en retirada

El viñedo tradicional del Condado no retrocede por falta de adaptación al territorio. Su desaparición responde principalmente a la baja rentabilidad, el envejecimiento de los viticultores, la ausencia de relevo generacional y la competencia con cultivos intensivos capaces de ofrecer mayores rendimientos económicos.

Los datos muestran la dimensión del problema. En 2003, las denominaciones Condado de Huelva y Vinagre del Condado de Huelva contaban con 5.311 hectáreas de viñedo. En 2025 quedaban alrededor de 1.850 hectáreas amparadas. La pérdida se aproxima al 65 % en poco más de dos décadas.

La evolución del regadío ha seguido una dirección diferente. Según la caracterización agraria publicada por la Junta de Andalucía, el 46 % de la superficie cultivada en el entorno de Doñana se encontraba en regadío, frente al 29 % registrado en el conjunto de Andalucía.

Doñana

Fresas, arándanos, frambuesas y otros cultivos forman parte de una agricultura de enorme importancia económica y exportadora para la provincia de Huelva. Miles de familias dependen directa o indirectamente de ella. Pero su expansión también ha incrementado la demanda de un recurso limitado en un territorio cuyo equilibrio ecológico depende precisamente del agua.

La confrontación, por tanto, no puede reducirse a una disputa sencilla entre agricultores y organizaciones ecologistas. Conviven explotaciones legales, superficies regadas sin autorización, inversiones familiares, intereses empresariales y una economía comarcal profundamente vinculada a los frutos rojos.

El problema surge cuando la rentabilidad inmediata desplaza a los cultivos mejor adaptados a la disponibilidad hídrica del territorio. En esa competencia desigual, el viñedo de secano ha ido perdiendo superficie, agricultores y presencia en el mercado.

La zalema y el valor de cultivar sin agotar el agua

La protagonista del proyecto es la uva zalema, variedad blanca mayoritaria del Condado de Huelva y estrechamente vinculada a su historia vitivinícola. Su adaptación al clima, a los suelos y a las limitaciones hídricas de la comarca permite mantener la producción con una dependencia muy reducida del riego.

Estas viñas protegen el suelo frente a la erosión, contribuyen a conservar el paisaje agrario y funcionan como refugio para diferentes especies. Entre ellas se encuentra el alzacola rojizo, un ave migratoria cuya población española ha sufrido un fuerte retroceso y que conserva en los viñedos tradicionales de Doñana uno de sus últimos hábitats agrícolas.

El proyecto pretende identificar y cuantificar esos beneficios ambientales para encontrar fórmulas capaces de trasladar parte de su valor a los agricultores. Entre las posibilidades que se estudiarán aparecen el pago por servicios ambientales, la apertura de nuevos mercados, la elaboración de nuevos productos y el desarrollo de actividades turísticas relacionadas con el vino, la naturaleza y la cultura rural.

ZALEMA contempla igualmente programas de formación para jóvenes, apoyo al emprendimiento femenino, educación ambiental y creación de empleo verde mediante cuadrillas locales encargadas de ejecutar algunas de las actuaciones previstas.

La sostenibilidad, sin embargo, no vende por sí sola una botella. El consumidor puede valorar la procedencia, la biodiversidad o la trazabilidad, pero continúa exigiendo vinos interesantes, precios coherentes y una comunicación capaz de explicar por qué ese producto merece ocupar un lugar en la mesa.

El secano tampoco garantiza automáticamente la calidad del vino. Aporta identidad, adaptación y una relación distinta con el territorio, pero corresponde a viticultores, cooperativas y bodegas transformar esas condiciones en elaboraciones con personalidad y valor comercial.

La supervivencia de la zalema dependerá de la capacidad del sector para convertir su patrimonio ambiental en una identidad vitivinícola reconocible. Proteger el viñedo exige conseguir que sus vinos tengan mercado, prestigio y consumidores dispuestos a elegirlos.

La batalla económica que todavía debe resolverse

La discusión sobre el regadío en Doñana no es nueva. La controvertida propuesta para ampliar o regularizar nuevas superficies quedó apartada tras el acuerdo alcanzado en noviembre de 2023 entre el Gobierno de España y la Junta de Andalucía.

El rumbo administrativo actual contempla incluso ayudas destinadas a abandonar y renaturalizar terrenos de regadío irregular. En octubre de 2025 se aprobó una primera convocatoria de 28,5 millones de euros para actuar sobre un máximo de 400 hectáreas.

Eso no significa que haya desaparecido la presión sobre el viñedo. La diferencia de rentabilidad, la competencia por el suelo y el envejecimiento de los agricultores continúan empujando al secano hacia el abandono. La batalla de fondo ya no se libra únicamente en los despachos donde se conceden derechos de agua. También se decide en las bodegas, en los canales de comercialización y en el precio que finalmente recibe quien cultiva la uva.

Las 30 hectáreas piloto de ZALEMA no salvarán por sí solas el viñedo del Condado. El verdadero alcance del proyecto dependerá de que sus resultados puedan trasladarse a otras explotaciones y de que bodegas, cooperativas, administraciones y consumidores respalden el modelo.

Doñana necesita reducir la presión sobre sus acuíferos, pero necesita igualmente una agricultura capaz de generar riqueza sin hipotecar el agua que sostiene todo el territorio.

El viñedo tradicional lleva generaciones demostrando que esa convivencia es posible. Ahora debe demostrar que también puede resultar rentable. Porque un cultivo histórico no se conserva únicamente por lo que representa, sino por la posibilidad real de que alguien pueda seguir viviendo de cultivarlo.

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