La evolución de los hábitos de consumo de alcohol en Canarias deja una señal que la hostelería y el mercado de bebidas deberían observar con atención: disminuye la presencia de consumidores habituales de bebidas espirituosas mientras gana terreno la abstinencia.
El dato, por sí solo, no permite hablar todavía de una transformación consolidada. Para hacerlo sería necesario conocer su evolución durante varios años, las diferencias entre grupos de edad y el comportamiento específico de residentes y turistas. Sin embargo, sí plantea una pregunta relevante para bares, restaurantes, distribuidores y marcas: ¿está cambiando la relación del consumidor canario con las bebidas alcohólicas de mayor graduación?
En un territorio donde la restauración, el ocio y el turismo desempeñan un papel importante en la actividad económica, cualquier modificación de estos hábitos puede terminar reflejándose en las barras, las cartas y las decisiones de compra de los establecimientos.
Una señal para el canal horeca
La menor frecuencia de consumo de espirituosas puede afectar especialmente a negocios en los que los destilados y combinados representan una parte significativa de la rentabilidad. Su venta suele aportar márgenes interesantes, pero exige rotación, un inventario bien dimensionado y personal capaz de recomendar y servir correctamente cada referencia.
Los efectos, en cualquier caso, no serían iguales para todos. Un bar de barrio, un restaurante gastronómico, un hotel vacacional y un local de ocio nocturno trabajan con públicos, horarios y ocasiones de consumo diferentes. Antes de modificar una carta, cada establecimiento tendría que analizar qué está ocurriendo realmente en sus ventas: qué categorías retroceden, cuáles avanzan y en qué momentos cambia el comportamiento del cliente.

El descenso del consumo habitual tampoco significa necesariamente que desaparezca el interés por las espirituosas. Puede indicar que su presencia se concentra en ocasiones más concretas y que el consumidor bebe con menor frecuencia, pero exige más calidad cuando decide hacerlo. En ese escenario, una carta extensa y poco rotativa podría perder sentido frente a una selección más breve, mejor explicada y ajustada al perfil del negocio.
La oportunidad puede encontrarse en una oferta más flexible: cócteles de baja graduación, versiones sin alcohol, aperitivos, vinos por copas o destilados servidos dentro de propuestas gastronómicas mejor construidas. Ahora bien, el dato disponible no permite afirmar que el consumidor esté sustituyendo las espirituosas por alguna de estas categorías. Son posibles respuestas comerciales que cada negocio deberá contrastar con su propia demanda.
Distribuidores y marcas ante un consumo más ocasional
Para la distribución, cualquier reducción de la frecuencia de consumo obliga a revisar pedidos, previsiones de existencias y composición del catálogo. La cuestión no consiste únicamente en determinar si se venderá más o menos, sino en comprender qué referencias mantienen la rotación y cuáles corren el riesgo de permanecer demasiado tiempo inmovilizadas.
Las marcas afrontan un desafío parecido. Si el consumo se vuelve más ocasional, aumenta la competencia por estar presentes en los momentos elegidos por el cliente. La recomendación del personal de sala, la coctelería, el servicio por copas y la capacidad de asociar una referencia a una experiencia concreta pueden adquirir mayor importancia que la simple acumulación de botellas en la barra.
También la denominada premiumización debe interpretarse con cautela. Beber con menor frecuencia no conduce automáticamente a escoger productos más caros. Para que el cliente acepte pagar más necesita percibir una diferencia real en el producto, el servicio y la forma de presentarlo. Cambiar volumen por valor puede ser una estrategia razonable, pero no una consecuencia garantizada del descenso del consumo habitual.
La abstinencia entra en la carta
El crecimiento de la abstinencia incorpora otro elemento al mercado. Las personas que deciden no beber alcohol continúan saliendo a comer, reuniéndose y participando en momentos de ocio. El problema para muchos establecimientos es que todavía les ofrecen alternativas muy limitadas, generalmente reducidas a agua, refrescos industriales o alguna cerveza sin alcohol.
Ahí existe una oportunidad empresarial evidente. Una propuesta cuidada de bebidas sin alcohol puede mejorar la experiencia del cliente y generar ingresos que hoy se pierden por falta de imaginación. Cócteles sin alcohol bien ejecutados, infusiones frías, fermentados, zumos gastronómicos y otras elaboraciones pensadas para acompañar la comida permiten ampliar la carta sin tratar la abstinencia como una renuncia.

Esta evolución también puede resultar relevante para los establecimientos vinculados al turismo. El visitante y el residente no siempre comparten los mismos hábitos, por lo que conviene evitar generalizaciones. En Canarias, la demanda turística puede amortiguar, acentuar o incluso contradecir lo observado entre la población local. Esa diferencia debería formar parte de cualquier análisis serio sobre el futuro de la categoría.
Un mercado que exige información más precisa
El dato disponible funciona como advertencia, pero todavía no como diagnóstico. Para conocer su alcance sería necesario disponer de porcentajes, evolución temporal, frecuencia de consumo, grupos de edad y diferencias entre islas. También habría que separar el comportamiento de las bebidas espirituosas del consumo general de alcohol y analizar cada canal comercial.
Mientras esa información no exista, la respuesta más inteligente para la hostelería pasa por observar sus propios números. Revisar la rotación, escuchar al personal de sala y preguntar al cliente puede ofrecer una lectura más útil que seguir tendencias de manera automática.
Las bebidas espirituosas no están necesariamente ante una desaparición de la demanda, sino ante la posibilidad de un consumo menos cotidiano y más disputado. Para bares, restaurantes, distribuidores y marcas, la conclusión no debería ser alarmista, pero sí práctica: conocer mejor al cliente, ajustar el surtido y construir alternativas capaces de responder a distintas maneras de disfrutar de la mesa.

