Finas Hierbas

Cuando la cena necesita testigos; gastronomía, vanidad y el insaciable apetito de ser visto

redes sociales

Las redes sociales no inventaron la vanidad gastronómica, le dieron archivo y una audiencia dispuesta a confundir visibilidad con prestigio. Hoy, muchos platos llegan primero a la cámara y después al paladar; mientras tanto, la sala observa quién ha venido a cenar y quién necesita demostrar que ha conseguido mesa.

Hubo un tiempo en que una cena terminaba al abandonar el restaurante; quedaba el sabor, alguna conversación memorable y en ciertas ocasiones, la certeza tardía de que la segunda botella había sido una decisión más entusiasta que prudente. Hoy la experiencia puede comenzar horas antes, cuando se anuncia la reserva, y prolongarse durante días mediante fotografías, vídeos, comentarios y relatos cuidadosamente corregidos para que todo parezca más espontáneo de lo que fue.

La mesa ya no pertenece únicamente a quienes están sentados alrededor de ella, existe también una audiencia ausente que espera pruebas.

Las redes sociales no inventaron la exhibición gastronómica. Durante siglos, el banquete sirvió para mostrar poder, abundancia, vajillas, relaciones convenientes y productos a los que la mayoría no podía acercarse; la aristocracia conocía muy bien el valor político de una mesa abundante. La burguesía perfeccionó después el arte de exhibir riqueza bajo una capa de discreción carísima. Lo que ha cambiado es el tamaño del salón; antes había que conseguir una invitación, ahora basta con tener batería.

La exhibición se ha democratizado, aunque el deseo que la sostiene continúe siendo jerárquico.

Se corrige la posición del plato, se aparta la copa que invade el encuadre, se espera la llegada del resto del menú mientras una salsa pierde brillo y una carne abandona lentamente el punto que la cocina había trabajado para ella. A veces se pide al camarero que repita el vertido porque el gesto, perfectamente ejecutado, resultó demasiado fugaz para la posteridad.

La comida puede enfriarse, la publicación, por supuesto, debe conservar temperatura.

No conviene juzgar el fenómeno con una superioridad demasiado cómoda; pocas cosas resultan más seductoras que condenar las vanidades ajenas mientras las propias permanecen prudentemente fuera de plano. Fotografiar un plato puede ser memoria, documentación y divulgación. Las redes han permitido que pequeños restaurantes, productores, vinos y cocinas alejadas de los grandes centros, alcancen una visibilidad antes reservada a quienes disponían de relaciones, presupuesto o apellido.

La gastronomía debe mucho a esa forma de comunicación.

Pero una cosa es compartir lo que se ha vivido y otra, bastante distinta, organizar la vivencia para poder compartirla. El problema comienza cuando la prueba de haber estado pesa más que la experiencia de estar. Entonces la mesa deja de ser un lugar de encuentro y adquiere el funcionamiento de un pequeño estudio de producción. El plato se convierte en contenido; el gesto del servicio, en una secuencia; la visita del cocinero, en una credencial para mostrar más tarde ante quienes, por falta de previsión, influencia o seguidores, no consiguieron reserva.

No se fotografía únicamente lo que se come, se fotografía el acceso.

La nueva aristocracia del algoritmo

Elegir restaurante se ha convertido en una forma particularmente eficaz de presentarse ante el mundo. Conseguir la mesa difícil, acudir durante la primera semana, probar el menú recién estrenado o que te llegue a la mesa una propuesta que no aparece en carta, concede una pequeña ventaja social. Permite parecer informado, conectado y siempre ligeramente por delante de los demás.

En ciertos círculos, llegar tarde a un restaurante de moda puede ser más grave que llegar tarde al propio restaurante.

La gastronomía termina así convertida en una colección de credenciales. Importa qué se comió, naturalmente, pero también haber sido de los primeros, conocer al chef, entrar en cocina o conservar esa fotografía en la que el cocinero posa junto a la mesa con la paciencia profesional de quien ha repetido la misma espontaneidad ocho veces durante la noche.

La proximidad al talento también se consume.

No todos los comensales buscan esa fotografía por admiración., algunos la necesitan como certificado de pertenencia. Estar junto al chef demuestra acceso; ser saludado por su nombre sugiere intimidad; recibir algo fuera de carta permite insinuar que la relación ha superado la vulgaridad del intercambio comercial. Poco importa que la conversación haya durado cuarenta segundos y que el cocinero no recuerde el nombre cinco minutos después; la imagen, mucho más considerada que la memoria, conservará otra versión de los hechos.

La vieja sociedad exhibía invitaciones; la nueva exhibe etiquetas.

Los restaurantes conocen bien este apetito y, como anfitriones atentos a las costumbres de su tiempo, han aprendido a alimentarlo. Diseñan rincones reconocibles, luces favorecedoras, vajillas con personalidad y platos capaces de circular por las redes con una soltura que algunos sabores envidiarían.

No hay nada censurable en cuidar la belleza; la gastronomía entra por los ojos, por el aroma, por la textura, por el sonido y por la expectativa. La estética forma parte del oficio. El problema aparece cuando el plato comienza a pensarse para la cámara antes que para la boca.

Hay composiciones concebidas para ser contempladas desde arriba, aunque ningún comensal razonable coma suspendido del techo. Salsas trazadas con precisión cartográfica, volúmenes levantados con ambición inmobiliaria y flores distribuidas con la diligencia de un jardinero responsable de una finca histórica. Todo luce impecable hasta que interviene el tenedor.

El plato bonito ha concedido demasiados indultos. Una vajilla extraordinaria, tres brotes colocados con disciplina y una salsa de brillo impecable pueden provocar admiración antes de que el paladar revele que, bajo aquella puesta en escena, la cocina había olvidado incorporar sabor, punto o una razón convincente para existir.

La cámara registra colores, reflejos y geometrías con precisión, pero todavía no detecta una cocción torpe, una salsa plana, un pescado maltratado ni esa tristeza tan particular de ciertos postres, diseñados para recibir elogios antes de que alguien cometa la imprudencia de probarlos.

Así se construyen algunas reputaciones contemporáneas: primero se fotografía, después se repite y finalmente se da por cierto.

Un plato aparece una y otra vez en perfiles distintos hasta adquirir la autoridad de lo inevitable. Todo el mundo quiere probarlo porque todo el mundo parece haberlo probado. La fama gastronómica comparte mucho con el rumor de salón; cuanto más circula, menos obligada se siente a demostrar su fundamento.

También se ha vuelto más confusa la frontera entre opinión y promoción. Una comida invitada puede presentarse con la naturalidad de un descubrimiento personal; una colaboración comercial, con el entusiasmo de una revelación; y una frase pactada, con el aire emocionado de quien acaba de encontrar la verdad en el fondo de una salsa.

La publicidad no molesta cuando se reconoce; lo verdaderamente elegante sería no obligarla a disfrazarse de independencia.

Sin embargo, la gastronomía digital ha creado una figura fascinante: el comensal que recibe, fotografía, elogia y se marcha convencido de haber ejercido crítica. La crítica, por desgracia, requiere algo más incómodo que una buena mesa y una cuenta ajena; exige contexto, conocimiento, memoria, comparación y la posibilidad real de decir que algo no funcionó.

Lo demás puede ser contenido, difusión o cortesía; llamarlo crítica es pedir demasiado al idioma.

Esta confusión beneficia a casi todos. El restaurante obtiene visibilidad; el invitado consigue material; la agencia presenta cifras; el público recibe una versión de la noche donde cada plato fue emocionante, cada producto excepcional y cada equipo maravilloso. Nadie queda herido y lamentablemente, tampoco queda informado.

La unanimidad gastronómica debería despertar sospechas ¡ni siquiera las grandes cocinas aciertan siempre!. Pero en determinadas cenas de invitados parece reinar una perfección que la restauración ordinaria, caprichosa ella, se niega a reproducir cuando llega el cliente que paga.

Tal vez el talento se sienta más cómodo ante una lista de nombres previamente aprobada.

La experiencia compartida en redes tampoco afecta sólo a la reputación de los restaurantes, modifica el gusto. Ya no se disfruta únicamente aquello que emociona, sino también lo que puede ser reconocido y celebrado por la audiencia. Un plato desconocido exige explicación, uno viral llega rodeado de aprobación previa. El comensal no necesita decidir por completo si le gusta; el entusiasmo colectivo ha tenido la gentileza de adelantarle parte del trabajo.

No siempre fotografiamos lo que disfrutamos, hemos aprendido a disfrutar aquello que ya sabemos que merece ser fotografiado.

La mesa se convierte entonces en una extensión del perfil público. Allí se exhiben sensibilidad, cultura, poder adquisitivo, conocimiento y cercanía a determinados círculos. El plato deja de ser sólo comida y pasa a funcionar como emblema; no alimenta únicamente el cuerpo, alimenta una identidad administrada.

Resulta especialmente curioso que una gastronomía empeñada en proclamarse colectiva concentre casi toda la luz en unos pocos rostros. Se habla del agricultor, del pescador, del ganadero, del artesano y del equipo, pero el centro de la fotografía suele permanecer reservado al chef. El territorio aparece en el relato; quienes lo trabajan quedan fuera del encuadre.

La cocina se declara coral. La fama, siempre bien educada, continúa prefiriendo los solos.

Se menciona la finca, la variedad, la altitud y el nombre del productor con una precisión casi notarial, aunque después toda esa información termine reforzando principalmente la identidad pública del restaurante. La tierra proporciona relato. La imagen conserva al cocinero. El productor, si tiene suerte, recibe una etiqueta en letras pequeñas… la gratitud gastronómica también entiende de jerarquías.

La sala ve caer la máscara

Hay un lugar desde el que toda esta ceremonia se contempla con una claridad implacable; la sala.

El cocinero puede imaginar el plato lejos de la mirada del cliente. El profesional de sala presencia la representación completa; ve entrar a quienes celebran, a quienes pretenden impresionar y a quienes han acudido con la delicada responsabilidad de producir una versión pública de la cena.

Sabe quién fotografía con entusiasmo y vuelve inmediatamente a la conversación. También reconoce a quien detiene cada pase, reorganiza las copas, exige una iluminación distinta y contempla al equipo como parte de su escenografía privada.

Existe una diferencia considerable entre registrar el trabajo de los demás y disponer de ellos para mejorar la propia publicación.

El servicio puede facilitar una imagen, explicar un plato o repetir un gesto cuando el ritmo del comedor lo permite. Algo distinto es convertir al camarero en operador de cámara, figurante, asistente de iluminación y director auxiliar mientras otras mesas esperan con la paciencia resignada de quienes aún no han adquirido suficiente relevancia digital.

La hospitalidad exige generosidad, no exige vasallaje.

La sala conoce además una verdad que las redes muestran con menos frecuencia: la educación aparece cuando nadie necesita exhibirla. Se advierte en el tono utilizado para pedir algo, en la paciencia ante una demora, en la manera de recibir una explicación y en el respeto hacia quien trabaja.

Una persona puede hablar largamente de añadas, fermentaciones, maduraciones y productos excepcionales, bastan solo diez segundos de desprecio hacia un camarero para que toda aquella cultura se convierta en bisutería.

La mesa posee esa virtud, reduce las posibilidades de esconder el carácter.

El alcohol, la espera y la expectativa aflojan la máscara. Aparece quien monopoliza el pedido, quien corrige al sumiller para que sus acompañantes escuchen y quien convierte una incidencia menor en la ocasión de ejercer una autoridad que fuera del restaurante, seguramente, no suele tenerla.

Hay comensales que desean ser atendidos; otros parecen haber comprado, junto con el menú, una pequeña soberanía.

La paradoja alcanza un punto exquisito cuando quienes más hablan de hospitalidad son precisamente quienes peor tratan a quienes la ejercen. Se celebra el servicio, se fotografía al equipo y se escriben elogios sobre la importancia de la sala. Después se llama al camarero con un chasquido, se ignora su explicación o se exige que interrumpa otras mesas para completar una grabación.

La admiración pública y la consideración privada no siempre llegan juntas.

También los restaurantes participan en esta representación. Hay salas que reconocen de inmediato el tamaño de una audiencia y ajustan su entusiasmo en consecuencia. El cliente anónimo recibe un saludo correcto; el perfil influyente obtiene visita del chef, plato adicional, recorrido por la cocina y una despedida capaz de sugerir una amistad de infancia.

No se trata de negar el valor promocional de ciertos invitados, un restaurante es también un negocio y necesita comunicar. Lo incómodo comienza cuando el servicio cambia tanto, que la experiencia publicada deja de parecerse a la experiencia disponible para quien reserva y paga.

En ese momento ya no estamos ante una recomendación, estamos ante una escenografía.

La sala, sin embargo, presencia también la otra cara de la mesa: las primeras citas, las celebraciones familiares, los reencuentros y esas conversaciones que siguen cuando ya no queda nada en los platos. Observa a quienes apartan el teléfono porque la compañía ha resultado más interesante que la audiencia.

Esos momentos generan poco contenido, pero suelen generar mejores recuerdos.

Comer juntos continúa siendo una forma de intimidad. La fotografía puede conservar el color de un plato, pero difícilmente retiene el tono de una conversación, el silencio después de una noticia o la manera en que alguien llena la copa de su acompañante sin interrumpirlo.

Hay algo en la mesa que sólo existe mientras sucede y se pierde cuando dedicamos demasiada atención a convertirlo en prueba.

No se trata de imaginar una edad dorada anterior a los teléfonos, como si antes de las redes todos hubiéramos comido con profundidad filosófica, absoluto desinterés por el rango y modales irreprochables. La vanidad siempre estuvo invitada, sólo que ahora dispone de mejores herramientas, filtros y métricas para conocer el alcance de su actuación.

La cuestión es cuánto estamos dispuestos a sacrificar de la vivencia para obtener una representación favorecedora.

Un restaurante puede ser escenario. Celebrar implica conceder importancia al lugar, al vino, a la ropa y a la compañía. Hay noches que merecen ser preparadas, fotografiadas y recordadas. La apariencia no siempre es impostura; a veces es ceremonia y una forma de cuidar el momento.

El problema comienza cuando la apariencia se queda sola.

Cuando el restaurante necesita parecer extraordinario porque no consigue ser bueno. Cuando el comensal necesita demostrar que disfruta porque ya no está seguro de estar haciéndolo. Cuando la cocina sirve imágenes, la sala sostiene la producción y la verdadera emoción llega después, al comprobar cuántas personas reaccionaron.

Entonces la cena continúa, pero el placer ha tenido la elegancia de retirarse sin interrumpir.

Quizá la hospitalidad más refinada consista en devolvernos al presente; permitir que el producto conserve su verdad, que la sala ejerza su oficio con dignidad y que el comensal olvide durante unas horas la obligación de demostrar dónde está, a quién conoce y qué privilegio acaba de consumir.

Comer seguirá siendo también representación; somos criaturas sociales y la mesa ha sido uno de nuestros escenarios preferidos desde mucho antes de que existiera una cámara en cada bolsillo.

Pero algunas noches la conversación avanza, el teléfono permanece apartado y nadie parece preocupado por certificar su importancia.

Esas cenas suelen dejar pocas imágenes…S erá porque la memoria, al contrario que el algoritmo, todavía sabe reconocer cuándo ha ocurrido algo verdadero.

Leonor Mederos

Leonor Mederos

About Author

Hay cocineros escritores y escritores cocineros que comparten la misma pasión, una pasión que les permite dibujar sobre un gran lienzo llamado universo la autenticidad de su locura, de sus ansías de conquistar el mundo haciendo lo que más aman, sembrando raíces que perduren por miles de años, pintando sonrisas, robando suspiros, marcando vidas, porque la esencia pura de un escritor gastronómico, de un cocinero, de un gran chef, se revelan ante el mundo cuando las palabras se desdoblan en nuestro mente para hacer vibrar a nuestro paladar. La vida se traduce en un escrito que entra por nuestros sentidos para dar vida a nuestra alma, en una receta que hace vibrar a nuestro paladar; y de escritos que dan vida a la gastronomía Leonor Mederos, sabe cómo transformar las letras en realidades comestibles. Leonor Mederos, una verdadera mujer de éxito que enrola sus grandes pasiones para dar a conocer al mundo de la gastronomía, una mujer innovadora, extrovertida, investigadora, amante de la buena cocina, de los grandes profesionales y de su tierra, actual Directora de Cielo Mar & Tierra - Canariasgourmet! y Conceptualizadora del I Congreso Internacional de Gastronomía Cielo Mar & Tierra. Por: Maridaje Latitud 0

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