Desde 1775, mucho antes de que en la isla de Lanzarote se hablara de turismo, sostenibilidad o DO protegidas, una familia visionaria levantó una bodega en plena colada volcánica, rodeada de silencio, vientos atlánticos y promesas de vino. Hoy, El Grifo cumple 250 años y sigue siendo un ejemplo de permanencia, identidad y futuro.

Esta efeméride no es un simple número redondo. Es la confirmación de que el vino también puede ser historia viva, un puente entre siglos, generaciones y paisajes que han cambiado —y se han salvado— gracias al cultivo de la vid.
Un viñedo entre ceniza y viento
En el corazón de La Geria, esa geografía de otro planeta donde las vides nacen dentro de hoyos protegidos por semicírculos de piedra (los tradicionales zocos), El Grifo ha cultivado su alma sobre lava. Literalmente. La erupción del Timanfaya entre 1730 y 1736 arrasó buena parte de la isla, pero también dejó un suelo poroso, mineral y fértil para la viticultura heroica.
Aquí, cada racimo se recoge a mano, cada planta se defiende del viento y del calor con una arquitectura agrícola única en el mundo. El resultado son vinos que huelen a tierra caliente, a salitre, a la lucha por el equilibrio.
Una bodega que es museo, archivo y corazón de Lanzarote
Quien visita El Grifo no solo recorre una bodega, sino un archivo emocional del vino canario. Su museo etnográfico del vino, uno de los más antiguos del país, resguarda prensas, toneles y herramientas que ya no se usan, pero que fueron esenciales para entender el camino recorrido.

Los muros de piedra seca, las cubas antiguas, el silencio del lagar y la sombra de los aljibes son testigos del ingenio de quienes, durante siglos, resistieron la tentación de abandonar este paisaje imposible.
Malvasía volcánica: la joya de El Grifo
Si hay una variedad que ha definido a El Grifo, esa es la Malvasía volcánica. Blanca, intensa, aromática, resistente y expresiva. En su versión seca, semidulce o naturalmente dulce, esta uva ha conquistado paladares de medio mundo, ganando premios y presencia en restaurantes de alta cocina sin perder su humildad de origen.


Con el paso del tiempo, El Grifo ha sabido diversificar su oferta sin perder el alma: listán negro, moscatel, vijariego, syrah, y una línea de vinos de autor que combinan tradición con enología moderna. La bodega también ha apostado por una vinificación más respetuosa, una etiqueta contemporánea y acciones sostenibles que la posicionan como pionera en la vitivinicultura insular.
250 años mirando al futuro
En un archipiélago donde muchas bodegas aún luchan por visibilidad, El Grifo ha sabido construir una marca sólida, coherente y emocional. Ha exportado vinos, pero también ha exportado identidad: la imagen del lagarto, la tierra de ceniza, el vino de viento. Hoy, sus etiquetas están en tiendas especializadas, cartas de vinos de prestigio y estanterías de coleccionistas.
La celebración de estos 250 años no solo es una mirada al pasado, sino una reafirmación de que en Canarias hay un patrimonio vitivinícola capaz de competir —y emocionar— en el mundo. En tiempos de discursos vacíos sobre sostenibilidad y origen, El Grifo es una prueba tangible de que el vino puede ser verdad.
¿Sabías que…?
- El Grifo fue fundada en 1775, en una época en que casi todo el vino que salía de Canarias se destinaba a Inglaterra o América.
- Su Museo del Vino está ubicado en la antigua bodega de piedra y recoge más de dos siglos de historia vitícola.
- En su logo aparece un grifo mitológico, símbolo de vigilancia y fuerza, que da nombre a la bodega.
- El Grifo produce cada año más de medio millón de botellas, siendo una de las bodegas con mayor volumen de la DO Lanzarote.
- Entre sus vinos más premiados destacan el Malvasía Colección, el Moscatel de Ana, y el elegante tinto Ariana.


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