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La filoxera llega a Canarias y amenaza el patrimonio de viñas de pie franco. Conoce impacto, medidas y el futuro de la viticultura canaria.

Durante siglos, Canarias se convirtió en un símbolo de resistencia frente a una plaga que devastó al mundo: la filoxera. Mientras Europa entera se reinventaba tras la catástrofe del siglo XIX injertando sus viñas sobre portainjertos americanos resistentes, las islas Canarias permanecían libres, cultivando cepas centenarias de pie franco que eran motivo de orgullo y diferenciación internacional.

Esa condición singular alimentaba la leyenda del Canary Wine, un vino histórico que deslumbró a Shakespeare y a las cortes europeas, y que hoy sigue siendo una carta de presentación de nuestra identidad vitivinícola.

Sin embargo, esa inmunidad se ha roto: en Tenerife, concretamente en los viñedos de la Escuela de Capacitación Agraria de Tacoronte, se ha confirmado la presencia de filoxera. El hallazgo no es un dato anecdótico, es un cambio de paradigma. La plaga ya no es un fantasma lejano, sino una amenaza real que se manifiesta en un espacio educativo, justo allí donde se forman las futuras generaciones de viticultores. Con ello, Canarias entra en una nueva era, marcada por la incertidumbre de cómo responder y, sobre todo, por la urgencia de actuar con rapidez antes de que la plaga se expanda por todo el archipiélago.

La Filoxera
Escuela de Capacitación Agraria de Tacoronte

La dimensión de este problema se mide no solo en términos agronómicos, sino también en su impacto económico y cultural. La viticultura canaria sostiene a unos 2.000 empleos directos, entre viticultores, bodegueros, enólogos y trabajadores rurales. Si la filoxera se propaga, el sector enfrentará una caída en la producción, un encarecimiento de los vinos locales y una pérdida de competitividad frente a otros mercados. Pero lo más grave es lo que está en juego en términos patrimoniales: las viñas de pie franco, ese tesoro genético único en Europa, podrían desaparecer.

Hablamos de cepas centenarias que han sobrevivido sin injertos desde los tiempos del Canary Wine y que representan un monumento vivo de nuestra historia. Perderlas sería comparable a derribar un patrimonio cultural irrecuperable. No se trata solo de la economía del vino canario, se trata de la identidad de todo un territorio que, a través de sus viñas, cuenta su propia historia de resistencia y autenticidad.

La reacción institucional ha sido inmediata. El Gobierno de Canarias decretó la prohibición del movimiento de material vegetal de vid y de uva fresca entre islas, consciente de que el traslado de plantas, estacas o incluso de tierra contaminada puede acelerar la propagación.

Los cabildos insulares han levantado la voz, y el de Fuerteventura ha pedido extremar la vigilancia, mientras que Lanzarote se ha adelantado con una medida ejemplar: activar la primera hoja de ruta preventiva contra la filoxera. Que una isla aún libre de la plaga diseñe un plan de defensa muestra hasta qué punto la amenaza se toma en serio. Sin embargo, los expertos coinciden en que la contención solo será posible si se actúa con rapidez: delimitar las zonas afectadas, arrancar y destruir cepas infestadas, controlar el movimiento de maquinaria agrícola y establecer planes de emergencia con participación de viticultores, bodegas y técnicos especializados. Aquí no hay margen para la improvisación, y cada semana de demora multiplica el riesgo.

A medio plazo, la solución pasa inevitablemente por recurrir a portainjertos americanos resistentes, un camino que el resto del mundo ya recorrió tras la gran plaga del siglo XIX. Esto no significa perder nuestras variedades autóctonas, como la Listán Negro o la Malvasía Aromática, pero sí transformarlas en su raíz. Será necesario un plan consensuado que permita mantener la identidad varietal sin renunciar a la seguridad del injerto.

Y aquí la investigación científica será determinante: seleccionar portainjertos adaptados a los suelos volcánicos, desarrollar métodos de detección rápida, aplicar biotecnología para reforzar resistencias y diseñar prácticas culturales menos vulnerables. En este proceso, la ciudadanía también tiene un papel fundamental. No mover plantas ni tierra de un lugar a otro, avisar de focos sospechosos y, sobre todo, apoyar el consumo de vino canario son gestos de responsabilidad colectiva que pueden marcar la diferencia. El futuro del vino isleño dependerá tanto de las medidas técnicas como del compromiso social.

Hoy, la filoxera deja de ser un mito para convertirse en una realidad en Canarias. Y, aunque el panorama es preocupante, también puede ser una oportunidad. La historia demuestra que las crisis vitivinícolas han servido para reinventar territorios, y Canarias no tiene por qué ser la excepción. La alarma ya se percibe en titulares y en declaraciones que incluso hablan de “acabar con la filoxera a cañonazos”, expresión que refleja la tensión y la urgencia.

Pero la verdadera respuesta será la unión. Europa se levantó tras la filoxera del XIX; Canarias, con más conocimiento y recursos que nunca, puede salir reforzada si el sector, las administraciones y la sociedad trabajan juntos. Lo que está en juego no es una vendimia más, ni siquiera una década de producción: es la defensa de un patrimonio cultural y económico que ha dado prestigio internacional a las islas. La manera en que se afronte esta crisis escribirá el relato del vino canario en las próximas generaciones.
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