Castro y Magán vuelve a ponerse en pie en La Palma: Vinos Tendal recupera su actividad tras el incendio de 2023


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@Vinostendal

Castro y Magán, la bodega de Tijarafe retoma casi al completo su operativa gracias a una ayuda de 791.819,10 euros del Programa de Desarrollo Rural, destinada a reconstruir sus instalaciones y renovar el equipamiento perdido en el fuego. La recuperación llega además con una mirada clara al enoturismo y al futuro vitivinícola del noroeste palmero

La noticia no es solo que una bodega haya reabierto. La noticia, de verdad, es que una parte del paisaje productivo y sentimental del noroeste de La Palma vuelve a respirar. Castro y Magán, la casa de los Vinos Tendal en Tijarafe, ha recuperado su actividad después del incendio de 2023, y lo hace con algo más importante que una simple vuelta al trabajo: con la sensación de que el vino palmero no se rinde fácilmente. La reconstrucción ha sido financiada con 791.819,10 euros del Programa de Desarrollo Rural, gestionado por el Gobierno de Canarias, una ayuda que ha permitido rehacer la infraestructura dañada y dotar de nuevo equipamiento a una bodega que lo perdió todo en el siniestro.

Detrás de esta reapertura hay una lectura que va mucho más allá de una cifra. En una comarca donde la viña no solo produce uva, sino también economía, arraigo y paisaje, la vuelta de Castro y Magán significa devolver pulso a una red de viticultores y familias que llevan años resistiendo entre incendios, sequía y falta de materia prima.

No por casualidad, el Gobierno de Canarias ya había activado en febrero de 2024 la declaración de situación de catástrofe agraria por los incendios de La Palma y Tenerife, una medida que abrió la puerta a las ayudas del PDR para reconstruir el potencial productivo afectado.

Castro y Magán
Una magnífica reconstrucción

Meses después, el Ejecutivo complementó ese respaldo con otra línea de 218.000 euros destinada a las bodegas palmeras golpeadas por la pérdida de uva para vinificación.

El caso de Tendal duele más cuando se recuerda lo que había antes del fuego. La bodega contaba con una capacidad de almacenaje de 162.550 litros de vino y sidra, disponía de línea de embotellado, maquinaria de vendimia, barricas, depósitos y un ritmo medio de comercialización que rondaba las 70.000 botellas anuales.

Tras el incendio, no se pudo rescatar nada. Por eso la recuperación actual tiene un valor que no cabe en un parte administrativo. Las obras afectaron a una superficie de 233 metros cuadrados útiles y 267 construidos, incluyendo un edificio de dos alturas, dos cuevas paralelas de producción y una zona de almacén bajo rasante.

A ello se suma la compra de nuevo material esencial: filtro tangencial cerámico automático, etiquetadora, embotelladora-encorchadora, compresor, apilador eléctrico, 46 barricas de roble y 16 depósitos de acero inoxidable, entre otros equipos.

Lo mejor de esta historia es que la reactivación no se plantea como un regreso nostálgico, sino como una nueva etapa. Constantino Ballesteros ha explicado que la bodega ya puede retomar casi el cien por cien de su actividad y que el objetivo es aprovechar este impulso para desarrollar experiencias de enoturismo que ayuden a proyectar la cultura vitivinícola de la zona.

Castro y Magán

Esa idea merece atención, porque hoy una bodega ya no compite solo por vender botellas: compite también por contar territorio, por abrir puertas, por convertir el viñedo en relato y la visita en memoria. En esa línea, la recuperación de Castro y Magán no beneficia únicamente a una empresa; refuerza a toda una comarca que necesita convertir su heroicidad agrícola en valor visible, visitable y rentable.

Hay, además, una razón de fondo para celebrar esta noticia con algo más que un aplauso protocolario. Castro y Magán no es un proyecto improvisado ni una etiqueta pasajera. La bodega nació en 1997, en las cuevas excavadas de la montaña de Bellido, casi al mismo tiempo que echaba a andar la Denominación de Origen Vinos de La Palma.

Desde entonces, ha ayudado a consolidar el tejido vitivinícola de Tijarafe y Puntagorda, ha trabajado con más de 40 productores, cultiva más de cuatro hectáreas propias y ha defendido una línea de elaboraciones que combina tradición, identidad local, vinos ecológicos y propuestas singulares como crianzas bajo el mar. En otras palabras, no hablamos de una simple reapertura, sino de la continuidad de un proyecto que forma parte del relato contemporáneo del vino palmero.

A ese perfil vitivinícola se suma otra virtud menos habitual y muy valiosa: la capacidad de diversificar con acierto. Castro y Magán no solo ha consolidado una trayectoria reconocible en el vino palmero, sino que también ha encontrado en la sidra una línea de trabajo con personalidad propia.

No en vano, su La Mirla Sidrera espumosa natural fue distinguida como Mejor Sidra de Canarias 2025 en el Concurso Oficial Agrocanarias, mientras que en el SISGA 2024, celebrado en Asturias, la bodega obtuvo una medalla de oro con La Mirla Sidrera en la categoría de sidra de copa seca. Dicho de otro modo: la recuperación de Castro y Magán no devuelve únicamente una bodega al mapa productivo de La Palma, sino también un proyecto inquieto, versátil y capaz de convertir el territorio en distintas formas de excelencia.

Ese dato no es menor. Habla de una empresa capaz de diversificar, de leer su territorio con inteligencia y de construir valor añadido incluso en momentos especialmente duros.

Dicho de otra manera: cuando una bodega es capaz de volver después del fuego y, además, hacerlo manteniendo su ambición creativa, no estamos ante una simple supervivencia, sino ante una demostración de carácter.

La vendimia de este ejercicio, con 115.000 kilos de uva recogidos, apunta precisamente en esa dirección. Aún queda trabajo, porque las heridas del incendio y de la sequía no se borran por decreto ni por foto institucional. Sin embargo, el dato marca una mejora y, sobre todo, una señal: el viñedo vuelve a responder, la bodega vuelve a moverse y la comarca vuelve a encontrar una referencia.

En tiempos donde a menudo se habla del sector primario como si fuera una pieza decorativa del discurso político, noticias como esta recuerdan algo elemental: cuando se salva una bodega, no se salva solo una nave industrial. Se salva empleo, paisaje, cultura, relevo generacional y una forma de entender el vino que en La Palma sigue teniendo mucho que decir.
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