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Siempre he tenido una relación ambivalente con el 14 de febrero. Durante años, me sumé al cinismo colectivo de considerar esta fecha como un invento moderno de las grandes superficies para vendernos bombones rellenos de aire y osos de peluche con pies gigantes. Sin embargo, al sumergirme en las raíces de esta efeméride para escribir estas líneas, me he dado cuenta de que San Valentín es mucho más que un código de barras; es un palimpsesto donde se superponen la rebeldía, la sangre romana y una necesidad muy humana de ritualizar el afecto.

La historia oficial nos habla de un sacerdote del siglo III que desafió al emperador Claudio II. El “César” había prohibido los matrimonios entre jóvenes porque creía que los solteros sin familia eran mejores soldados. Valentín, en un acto de desobediencia civil romántica, celebraba nupcias en secreto. Fue ejecutado, curiosamente, un 14 de febrero.

San Valentín

Pero si rascamos la superficie, encontramos las Lupercales, esa festividad romana donde el amor no era precisamente casto. Los jóvenes azotaban a las mujeres con tiras de cuero de cabra para asegurar su fertilidad. Fue la Iglesia la que, en un intento de “limpiar” estas costumbres paganas, oficializó a San Valentín. Pasamos del látigo al verso, de la carne al espíritu.

Japón, el guion se invierte…

Lo que más me fascina de esta fecha es cómo ha mutado al cruzar fronteras. Mientras en Occidente nos obsesionamos con la cena a la luz de las velas, en otros rincones el amor se conjuga de formas inesperada En Japón el guion se invierte. Son las mujeres quienes regalan chocolates a los hombres. Pero ojo, existe el Giri-choko (chocolate por obligación) para colegas y jefes, y el Honmei-choko (chocolate por sentimiento verdadero) para la pareja. Un mes después, el 14 de marzo o “Día Blanco”, los hombres deben devolver el detalle triplicando su valor. En Finlandia, mi versión favorita, se celebra el Ystävänpäivä, el “Día del Amigo”. Se envían tarjetas y regalos a los seres queridos sin que medie necesariamente una tensión sexual o romántica. Es un recordatorio de que el amor tiene muchas caras y ninguna es menos válida.

¿Sabían que existen restos de San Valentín repartidos por medio mundo? En la Iglesia de San Antón, en Madrid, se guardan los supuestos huesos de su cráneo. Resulta irónico que un santo que simboliza la unión esté tan fragmentado físicamente.

Otra curiosidad que rompe el mito comercial: la primera “tarjeta de San Valentín” de la que se tiene constancia no la imprimió una multinacional. La escribió Carlos, Duque de Orleans, en 1415, mientras estaba prisionero en la Torre de Londres. Escribió un poema a su esposa que decía: “Ya estoy cansado de amar, mi muy suave Valentín”. El amor, en su origen moderno, nació de la ausencia y la melancolía, no del consumo.

Hoy, cuando el algoritmo nos dicta a quién debemos dar like y las aplicaciones de citas convierten la conexión humana en un catálogo de supermercado, reivindicar el 14 de febrero puede parecer un anacronismo. Sin embargo, me permito discrepar de mi “yo” cínico de hace unos años.

No necesitamos el escaparate, pero sí necesitamos la pausa. San Valentín, más allá de la parafernalia, es un recordatorio de la vulnerabilidad. Decirle a alguien que le quieres, ya sea una pareja de décadas, un amigo que te salvó el año o incluso a ti mismo, es un acto de valentía en un mundo que a menudo premia la frialdad y el desapego.

No se trata de comprar el diamante o la caja de cartón roja. Se trata de reconocer que, a pesar de las guerras, la prisa y la tecnología, seguimos siendo esos mismos seres humanos que, en el siglo III o en el XV, buscaban una excusa para detener el tiempo y decir: “estoy aquí y te veo”.

Al final, San Valentín no es un día para el consumo, sino para la memoria del corazón. Y esa, afortunadamente, no tiene precio.
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